Mensajes Papales en la Basílica de Lujan: S.S. Pío XII (Radiomensajes 1944 y 1947)
Venerables Hermanos y amados
hijos que, presididos por Nuestro dignísimo Cardenal Legado, recordáis y
renováis con tan elevado fervor, en la espléndida Buenos Aires, los triunfos
del Rey Eucarístico, de los que hace diez años la Providencia quiso que fuéramos
actor y testigo.
¿Cómo podríamos en este momento
haceros llegar las vibraciones de Nuestra conmovida voz, caballera en las ondas
prodigiosas, sin sentir que tras ella se Nos quiere ir el alma, haciendo
reverdecer de nuevo en Nuestra mente, con vigor primaveral, la alegre
siempreviva del recuerdo?
Dos lustros ya, y casi
experimentamos todavía la misma emoción que cuando por vez primera, con paso
trémulo, pisábamos la hermosa tierra argentina; dos lustros, y diríamos que aún
resuenan en Nuestros oídos vuestros vítores y vuestras ovaciones, el
fervoroso rumor de vuestras plegarias y las armonías ardientes de vuestros
himnos; dos lustros, y en Nuestra retina parece que no se ha borrado la imagen
de aquella Cruz monumental —blanca, poderosa, armónica, como el alma nacional
argentina— y ante ella la cándida masa, dilatada como un mar, de los inocentes
que corrían al dulce abrazo del Maestro de Galilea; las graves y varoniles
falanges masculinas, que, en compactas y a veces marciales y rítmicas
formaciones, acudían a nutrirse —Autoridades y Jefes a la cabeza— con el Pan de
los fuertes; los numerosos coros, llenos de gracia y devoción, de vuestras
jóvenes, de vuestras mujeres, que iban a beber a la fuente del Cordero que se
apacienta entre lirios. ¡Doquiera grandiosidad y entusiasmo, doquiera
magnificencia y fervor ! Y en el aire, en los anuncios luminosos, en los;
vehículos y en las fachadas, sobre los vestidos y dentro de los pechos la
Hostia santa, recibiendo uno de los más grandes homenajes públicos y
sociales que hasta entonces recordaba la historia. «Tuya es, Señor, la
magnificencia, el poder, la gloria y la victoria. A Ti se debe la alabanza,
porque todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra tuyas son». (1Cr
29, 11)
Inolvidable espectáculo y goce
infinito del alma, que pudo ampliamente gustar durante breves días toda la
suavidad de aquel gran don de Dios, que se llama la paz. «Traéis a todos los
hombres —Nos había dicho ya en el puerto vuestro ilustre Intendente Municipal—
un mensaje de paz». A lo que Nos, rebosando sinceridad, inmediatamente
respondíamos: «Nos consideramos como mensajeros de la paz de Dios». Porque
vuestro inolvidable. Congreso, arrastrando a todo un pueblo fundido en un solo
afecto, ante un altar; haciendo hincar las rodillas, movidos por un idéntico
espíritu, a representantes de casi todo el mundo, fue antes que nada eso: «El
triunfo mundial de Jesucristo, Rey de la paz».
Pero pasaría el tiempo, la nube
negra, que en lontananza sobresaltaba entonces ya los corazones, avanzaría
luego como escuadrón de caballos desbocados y finalmente descargaría con furor.
Y mientras que Nos, hijos carísimos de la entrañable República Argentina, os
decimos una palabra de amor y de cristiana fraternidad, los cielos se ven
revueltos por el zumbido siniestro de. monstruos de acero que hacen llover la
muerte, sobre la tierra revienta la metralla con horrible estridor, el suelo se
empapa de sangre y se cubre de humeantes cascotes. «Facta est terra eorum in
desolationem»... «Ha quedado reducida la tierra de ellos a un desierto... por
la terrible indignación del Señor» (Jer 25, 38)
Dejadnos, hijos amadísimos, que
en esta solemnísima hora, cuando la amable disposición de la Divina Providencia
no Nos permite estar presentes a la repetición y evocación de las maravillas de
hace diez años más que por medio de Nuestra voz, esta voz Nuestra os hable
solamente de amor, de unión y de paz. Permitidnos que apartemos los ojos de
tantos horrores y, recordando aquellas horas de paraíso, que ahora ante
vuestros ojos se están repitiendo, evoquemos lo que sentíamos entonces, fúlgido
ejemplar de lo que, ahora también, vosotros experimentáis, al contemplar ésa
Hostia Santa, sede de la Caridad. Lejos de ella el hombre mata al hombre, en
ella adoramos al Príncipe de los sacerdotes que se sacrifica por el mundo.
««Vidimus principem sacerdotum ad nos venientem, vidimus et audivimus
offerentem pro nobis sanguinem suum»[1]; lejos, la división y la separación
violenta, en ella vence el imán de las almas, que une a todos en la fe y en la
participación de sí mismo y de sus dones, «raíz y principio de la unidad
católica»[2]; lejos, la discordia, alimentada por el
egoísmo y por el ansia del imperio y de los goces terrenales, en ella se ofrece
el alimento, que fortifica el alma y la educa en la escuela del deseo de las
cosas celestiales, enseñándole el valor del sacrificio, mostrándole que en esta
vida no pueden faltar las lágrimas y el dolor, pero que sobre el dolor y las
lágrimas y el sacrificio está cimentado el gran misterio de la Redención;
lejos, la tiranía de la muerte, en ella, la esperanza de la vida, porque ¿cómo podría
pensarse que ha de corromperse y no ha de vivir una carne que se alimenta con
el cuerpo y con la sangre del Señor?[3].
Recordadlo todo otra vez, con los
ojos fijos en esta Hostia y no los quitéis jamás de ella. ¡Ojalá que no los
hubiera nunca apartado la triste humanidad! ¡Ojalá hubiera sabido encontrar
siempre en «la Eucaristía, sacramento y auxilio, el principio y el sostén de la
vida cristiana en el individuo, en la familia y en la sociedad»! ¡Ojalá hubiera
acudido cada vez con más fe a este celestial banquete de amor! Pues, como canta
uno de los bardos de vuestra estirpe, «Si es dádiva de amor y pan de amores /
Hombre, tibia es tu fe, cuando comida / No brotaren sus llamas de tu pecho» [4].
Miradla bien ahora, pero haced
que vuestra mirada sea prenda de vuestros propósitos y vehículo de vuestras
promesas. Ofrecedle vuestros deseos y vuestras esperanzas, exponedle vuestras
necesidades y vuestras angustias, prometedle fidelidad a sus enseñanzas y a sus
preceptos, aseguradle que en vuestros hogares reinará sólo Él con la santidad
del matrimonio, el respeto al vínculo conyugal y la educación cristiana de los
hijos, que en vuestra sociedad no se rendirá nunca culto al ansia desenfrenada
del placer, a la locura del lujo y de la moda indecorosa y a la codicia
insaciable de riquezas. Pero, si queréis obtener todos estos bienes, sobre todo
daos cita con Él para recibirle frecuentemente. «Por cierto que pienso —dice la
Mística Santa Abulense, y la citamos hoy con devoción singular por ser el día
de su fiesta— que si nos llegásemos al Santísimo Sacramento con gran fe y amor,
que de una vez bastase para dejarnos ricas ... ¡Oh miserable mundo, que ansí
tienes atapados los ojos de los que viven en ti, que no vean los tesoros con
que podrían granjear riquezas perpetuas!»[5]
Prenda de tales riquezas
celestiales quiere ser la Bendición, que en este momento con toda la efusión de
Nuestro ánimo paternal os otorgamos. Si la caridad de Dios, que la suave
infusión del Espíritu Santo ha derramado en Nuestro corazón de Padre (cf, Rom
5, 5), le hace vibrar hasta en sus últimas fibras cuando tenemos que
invocar la Bendición del cielo sobre alguno de Nuestros hijos, ¿cuál será en
este momento Nuestro sentimiento, al bendecir a la espléndida República
Argentina, que tan generosamente ha querido contribuir en estos últimos días
para proveer de los medios necesarios a Nuestras benéficas iniciativas; a la
legítima heredera del rancio y catolicísimo espíritu hispánico, una de las más
inolvidables etapas que la Providencia quiso poner en Nuestro camino, para
enseñarnos a conocer y a amar a la humanidad, antes de confiarla a Nuestros
cuidados de Pastor universal ?
Nuestra visita a las
tierras argentinas quisimos clausurarla haciéndonos peregrinos de Nuestra
Señora de Luján. Quiera ser Ella en este mes del Santísimo Rosario, la
que os impetre del cielo las mejores bendiciones de su precioso Hijo:
bendiciones para los presentes y los ausentes, para las Autoridades y el
pueblo, para los individuos y la sociedad ; bendiciones, que sean aliento e
impulso en los que peregrinamos todavía sobre este mundo y consuelo y sufragio
en favor de los que, testigos hace diez años del grandioso triunfo del Señor
Eucarístico, esperan acaso hoy el momento feliz en que, quitado ya el velo de
las especies, han de verle cara a cara cuando Él se les mostrará como realmente
es (cf. 1Jn 3,2).
* AAS 36 (1944) 297-300
[1] S. Ambros., Enarrat. in Ps. 38, n.
25: Migne PL t. 44, c. 1102.
[2] Const. Apost. de SS. Euchar. promiscuo
ritu sumenda - Acta A. S., 1912, p. 615.
[3] Cfr. S. Ireneo, Contra haereses, lib.
IV, cap. 18, n. 5: - Migne PG., t. 7, cc. 1027-1028.
[4] Luis de Ribera, Recopilación de poesías
clásicas al Smo. Sacramento. Recuerdo del XXXII Cong. Euc. Int. de Buenos Aires,
1934, p. 20.
RADIOMENSAJE DE
SU SANTIDAD PÍO XII
AL CONGRESO MARIANO NACIONAL ARGENTINO*
Domingo 12 de octubre de 1947
Venerables Hermanos y amados hijos,
congresistas marianos de Luján:
Era el día 15 de octubre del año
1934. Vibraban todavía en el aire los gritos de júbilo y los cantos entusiastas
de las imponentes solemnidades de la víspera, latían fuerte aún los corazones
acelerados por el fervor y agolpábanse en Nuestra retina las recientísimas
imágenes de aquel trigésimo segundo Congreso Eucarístico Internacional, que el
día antes habíamos clausurado, cuando, dejando atrás la encantadora metrópoli,
escenario de tantas maravillas, Nos adentrábamos muy de mañanita hacia el
interior del país, espaciando la mirada por las puertas de esa pampa vuestra
que por lo majestuosa, lo solemne y dilatada puede evocar la grandeza imponente
del mar.
¿A dónde íbamos? A cumplir con
un amable deber. La magna, Asamblea había sido un triunfo sin precedentes y
este éxito —que como todos los casos de tan compleja organización podía,
depender de un detalle cualquiera de los que escapan al hombre— se le debía,
después de Dios, a la Patrona oficial del Congreso, a la Pura y Limpia
Concepción del Río Luján; ante su imagen se había orado sin interrupción para
que la Patria —como alguien dijo— «cuya bandera tiene los colores de su manto,
fuera digna de su tradición«; y Ella misma, dos fechas antes había tenido la
condescendencia de presidir el «Día de la Patria », que Nos presenciamos,
admirando de qué modo los dos grandes amores de toda alma noble —Dios y Patria—
pueden fundirse armoniosamente en el único culto verdadero. ¡Íbamos a pagar a
María Santísima su visita y a darle las gracias!
Y mientras ante Nuestros ojos se
desarrollaba silenciosa la calma del paisaje, recordábamos primero todo lo que
sobre vuestra Patrona nos refiere la piadosa tradición, y luego la historia
de aquel Santuario cuyas dos torres, como dos gritos de triunfo que suben al
cielo, Nos saludaban ya desde el horizonte. Fue Ella la que quiso
quedarse allí, pero el alma nacional argentina había sabido comprender que allí
tenía su centro natural.
Y al entrar en aquellas
espaciosas naves, al ver las banderas que Belgrano ganó en Salta o la espada
que San Martín blandió en el Perú, al leer los mármoles que recuerdan la
solemne coronación de 1887 —la primera en América— o el reconocimiento de su
Patrocinio sobre las tierras Del Plata de 1930, al subir a aquel camarín, tan
rico como devoto, entonces, sólo entonces Nos pareció que habíamos llegado
al fondo del alma grande del pueblo argentino. Porque el pueblo argentino, como
todos los pueblos cristianos, sabe — y vuestro Congreso actual os lo ha
repetido—, que el culto a la Madre de Dios, por Ella misma profetizado cuando anunció
: «Beatam me dicent omnes generationes» (Lc 1, 48), es un elemento fundamental
en la vida cristiana.
Efectivamente, ¿quién de los que
por este mundo pasamos cargados con el peso de tantas debilidades y expuestos a
tantos peligros, no tendrá necesidad de ayuda? Pues oíd al Doctor Eximio, que
os dice : «Tenernos a la Virgen abogada universal para todo, porque es más
poderosa en cualquier necesidad que los demás Santos en las particulares»[1].
Honrémosla, pues, reconociendo el
brillo sin par de su hermosura, los primores de su bondad y lo irresistible de
su poder; por la excelsitud de sus virtudes y por la dignidad incomparable de
su misión, reverenciémosla proclamando su grandeza, manifestándole nuestro
respeto y pidiéndole su intercesión; finalmente, imitémosla sin cejar en tan
noble empeño, porque para citar las palabras de un grande Pontífice mariano,
del inmortal León XIII, «Dios bueno y providente nos presentó en María el
modelo más acabado de toda virtud... ; y nosotros, atraídos por la misma
afinidad de la común naturaleza, nos esforzamos más confiadamente en imitarla» [2].
El pobre mundo, como si
quisiera retroceder veinte siglos hasta las aberraciones de la decadente
sociedad pagana, pone sobre sus altares los ídolos vanos de la lujuria, de la
soberbia, de la codicia y, como consecuencia natural, del odio contra todo el que
pueda disputarle su ración mezquina de placer, su miserable parcela de dominio,
o una gota que pueda apagar aquella que no es sed de agua, sino de metal.
Vosotros, en cambio, queréis en este momento renovar vuestro vasallaje a la que
es símbolo de toda pureza —«Mater castissima»— encarnación de la, más completa
humildad —«Ecce ancilla Domini»—, y personificación del más total
desprendimiento; a Aquélla que, como nadie, es «Mater pulchrae dilectionis»,
ejemplar perfecto de caridad y amor.
Prometed a María que os
dedicaréis con todas vuestras fuerzas a conservar y favorecer la dignidad y
santidad del matrimonio cristiano; la instrucción religiosa de la juventud en
las escuelas; y la aplicación de las enseñanzas de la Iglesia en la ordenación
de las condiciones económicas y en la solución de la cuestión social: el
ser fieles a la Iglesia en estos puntos fundamentales de la civilización
cristiana será hoy una prueba palmaria del verdadero y genuino amor a María y a
su Divino Hijo. Prometedle también, de acuerdo con el espíritu del Congreso,
profundizar cada día más en su devoción, que si es la que debe ser, no podrá
menos de conduciros a la aplicación integral de los principios y de las normas
de vida cristiana, sin incurrir en el error de los que quieren visiblemente
pavonearse dándoselas de cristianos y al mismo tiempo sostener aquellas
doctrinas que con el Cristianismo son incompatibles.
¡Amadísimos congresistas del
primer Congreso Mariano nacional argentino! Que el Dios de bondad y de
misericordia acepte vuestros propósitos y que esta nueva serie de Asambleas
Marianas, que ahora inauguráis, sea tan fecunda en frutos espirituales como la
serie gemela de vuestras reuniones eucarísticas; que María Santísima según
continuamente la rezáis, proteja «vuestra villa de Luján y vuestro pueblo
argentino en sus diversas provincias, conceda igual protección a los hermanos
del Uruguay y del Paraguay, mantenga a todos en la fe católica, a pesar de las
maquinaciones de los incrédulos, os dé sacerdotes celosos de vuestra salvación,
autoridades honradas y cristianas, e inspire a todos fe, abnegación y caridad»[3];
que la que habéis invocado: «¡Oh, Santa María! / ¡Oh nuncio de paz ! / de Dios
eres Madre / al mundo salvad», obtenga finalmente para el mundo una paz
próxima, estable y justa y que en este momento solemne, que tanto consuelo ha
procurado a Nuestro atormentado corazón de Padre, las bendiciones mejores de lo
alto desciendan sobre todos vosotros, sobre Nuestro dignísimo Cardenal Legado,
sobre todos Nuestros celosos Hermanos en el Episcopado, con su clero y fieles y
con todos los países que ellos representan, sobre las autoridades, que con su
cooperación y presencia han querido contribuir al mayor esplendor de estas
solemnidades y sobre todo el amadísimo pueblo argentino, tan presente siempre
en Nuestro recuerdo y en Nuestro paternal afecto.
*
AAS 39 (1947) 627-630.
[1]
Suárez, In III, dise. XXIII, sect. III, n. 5, ed. Paris, tom. 19, 1569, p. 336 b.
[2]
Enc. Magnae Dei Matris, 8 Sept. 1992, Leon. XIII Acta, ed. Rom.
vol. XII, p. 232.
[3]
Cfr. Oración a Ntra Sra. de Luján.
[5] Obras de Sta. Teresa de Jesús, Burgos
1917, tomo IV, Conceptos del amor de Dios, pp. 244-245.

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