Mensajes Papales en la Basílica de Lujan: S.S. Pío XII (Radiomensajes 1944 y 1947)

 



RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII 
AL IV CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL DE ARGENTINA*

Domingo 15 de octubre de 1944

 

Venerables Hermanos y amados hijos que, presididos por Nuestro dignísimo Cardenal Legado, recordáis y renováis con tan elevado fervor, en la espléndida Buenos Aires, los triunfos del Rey Eucarístico, de los que hace diez años la Providencia quiso que fuéramos actor y testigo.

¿Cómo podríamos en este momento haceros llegar las vibraciones de Nuestra conmovida voz, caballera en las ondas prodigiosas, sin sentir que tras ella se Nos quiere ir el alma, haciendo reverdecer de nuevo en Nuestra mente, con vigor primaveral, la alegre siempreviva del recuerdo?

Dos lustros ya, y casi experimentamos todavía la misma emoción que cuando por vez primera, con paso trémulo, pisábamos la hermosa tierra argentina; dos lustros, y diríamos que aún resuenan en Nuestros oídos vuestros vítores y vuestras ovaciones, el fervoroso rumor de vuestras plegarias y las armonías ardientes de vuestros himnos; dos lustros, y en Nuestra retina parece que no se ha borrado la imagen de aquella Cruz monumental —blanca, poderosa, armónica, como el alma nacional argentina— y ante ella la cándida masa, dilatada como un mar, de los inocentes que corrían al dulce abrazo del Maestro de Galilea; las graves y varoniles falanges masculinas, que, en compactas y a veces marciales y rítmicas formaciones, acudían a nutrirse —Autoridades y Jefes a la cabeza— con el Pan de los fuertes; los numerosos coros, llenos de gracia y devoción, de vuestras jóvenes, de vuestras mujeres, que iban a beber a la fuente del Cordero que se apacienta entre lirios. ¡Doquiera grandiosidad y entusiasmo, doquiera magnificencia y fervor ! Y en el aire, en los anuncios luminosos, en los; vehículos y en las fachadas, sobre los vestidos y dentro de los pechos la Hostia santa, recibiendo uno de los más grandes homenajes públicos y sociales que hasta entonces recordaba la historia. «Tuya es, Señor, la magnificencia, el poder, la gloria y la victoria. A Ti se debe la alabanza, porque todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra tuyas son». (1Cr 29, 11)

Inolvidable espectáculo y goce infinito del alma, que pudo ampliamente gustar durante breves días toda la suavidad de aquel gran don de Dios, que se llama la paz. «Traéis a todos los hombres —Nos había dicho ya en el puerto vuestro ilustre Intendente Municipal— un mensaje de paz». A lo que Nos, rebosando sinceridad, inmediatamente respondíamos: «Nos consideramos como mensajeros de la paz de Dios». Porque vuestro inolvidable. Congreso, arrastrando a todo un pueblo fundido en un solo afecto, ante un altar; haciendo hincar las rodillas, movidos por un idéntico espíritu, a representantes de casi todo el mundo, fue antes que nada eso: «El triunfo mundial de Jesucristo, Rey de la paz».

Pero pasaría el tiempo, la nube negra, que en lontananza sobresaltaba entonces ya los corazones, avanzaría luego como escuadrón de caballos desbocados y finalmente descargaría con furor. Y mientras que Nos, hijos carísimos de la entrañable República Argentina, os decimos una palabra de amor y de cristiana fraternidad, los cielos se ven revueltos por el zumbido siniestro de. monstruos de acero que hacen llover la muerte, sobre la tierra revienta la metralla con horrible estridor, el suelo se empapa de sangre y se cubre de humeantes cascotes. «Facta est terra eorum in desolationem»... «Ha quedado reducida la tierra de ellos a un desierto... por la terrible indignación del Señor» (Jer 25, 38)

Dejadnos, hijos amadísimos, que en esta solemnísima hora, cuando la amable disposición de la Divina Providencia no Nos permite estar presentes a la repetición y evocación de las maravillas de hace diez años más que por medio de Nuestra voz, esta voz Nuestra os hable solamente de amor, de unión y de paz. Permitidnos que apartemos los ojos de tantos horrores y, recordando aquellas horas de paraíso, que ahora ante vuestros ojos se están repitiendo, evoquemos lo que sentíamos entonces, fúlgido ejemplar de lo que, ahora también, vosotros experimentáis, al contemplar ésa Hostia Santa, sede de la Caridad. Lejos de ella el hombre mata al hombre, en ella adoramos al Príncipe de los sacerdotes que se sacrifica por el mundo. ««Vidimus principem sacerdotum ad nos venientem, vidimus et audivimus offerentem pro nobis sanguinem suum»[1]; lejos, la división y la separación violenta, en ella vence el imán de las almas, que une a todos en la fe y en la participación de sí mismo y de sus dones, «raíz y principio de la unidad católica»[2]; lejos, la discordia, alimentada por el egoísmo y por el ansia del imperio y de los goces terrenales, en ella se ofrece el alimento, que fortifica el alma y la educa en la escuela del deseo de las cosas celestiales, enseñándole el valor del sacrificio, mostrándole que en esta vida no pueden faltar las lágrimas y el dolor, pero que sobre el dolor y las lágrimas y el sacrificio está cimentado el gran misterio de la Redención; lejos, la tiranía de la muerte, en ella, la esperanza de la vida, porque ¿cómo podría pensarse que ha de corromperse y no ha de vivir una carne que se alimenta con el cuerpo y con la sangre del Señor?[3].

Recordadlo todo otra vez, con los ojos fijos en esta Hostia y no los quitéis jamás de ella. ¡Ojalá que no los hubiera nunca apartado la triste humanidad! ¡Ojalá hubiera sabido encontrar siempre en «la Eucaristía, sacramento y auxilio, el principio y el sostén de la vida cristiana en el individuo, en la familia y en la sociedad»! ¡Ojalá hubiera acudido cada vez con más fe a este celestial banquete de amor! Pues, como canta uno de los bardos de vuestra estirpe, «Si es dádiva de amor y pan de amores / Hombre, tibia es tu fe, cuando comida / No brotaren sus llamas de tu pecho» [4].

Miradla bien ahora, pero haced que vuestra mirada sea prenda de vuestros propósitos y vehículo de vuestras promesas. Ofrecedle vuestros deseos y vuestras esperanzas, exponedle vuestras necesidades y vuestras angustias, prometedle fidelidad a sus enseñanzas y a sus preceptos, aseguradle que en vuestros hogares reinará sólo Él con la santidad del matrimonio, el respeto al vínculo conyugal y la educación cristiana de los hijos, que en vuestra sociedad no se rendirá nunca culto al ansia desenfrenada del placer, a la locura del lujo y de la moda indecorosa y a la codicia insaciable de riquezas. Pero, si queréis obtener todos estos bienes, sobre todo daos cita con Él para recibirle frecuentemente. «Por cierto que pienso —dice la Mística Santa Abulense, y la citamos hoy con devoción singular por ser el día de su fiesta— que si nos llegásemos al Santísimo Sacramento con gran fe y amor, que de una vez bastase para dejarnos ricas ... ¡Oh miserable mundo, que ansí tienes atapados los ojos de los que viven en ti, que no vean los tesoros con que podrían granjear riquezas perpetuas!»[5]

Prenda de tales riquezas celestiales quiere ser la Bendición, que en este momento con toda la efusión de Nuestro ánimo paternal os otorgamos. Si la caridad de Dios, que la suave infusión del Espíritu Santo ha derramado en Nuestro corazón de Padre (cf, Rom 5, 5),  le hace vibrar hasta en sus últimas fibras cuando tenemos que invocar la Bendición del cielo sobre alguno de Nuestros hijos, ¿cuál será en este momento Nuestro sentimiento, al bendecir a la espléndida República Argentina, que tan generosamente ha querido contribuir en estos últimos días para proveer de los medios necesarios a Nuestras benéficas iniciativas; a la legítima heredera del rancio y catolicísimo espíritu hispánico, una de las más inolvidables etapas que la Providencia quiso poner en Nuestro camino, para enseñarnos a conocer y a amar a la humanidad, antes de confiarla a Nuestros cuidados de Pastor universal ?

Nuestra visita a las tierras argentinas quisimos clausurarla haciéndonos peregrinos de Nuestra Señora de Luján. Quiera ser Ella en este mes del Santísimo Rosario, la que os impetre del cielo las mejores bendiciones de su precioso Hijo: bendiciones para los presentes y los ausentes, para las Autoridades y el pueblo, para los individuos y la sociedad ; bendiciones, que sean aliento e impulso en los que peregrinamos todavía sobre este mundo y consuelo y sufragio en favor de los que, testigos hace diez años del grandioso triunfo del Señor Eucarístico, esperan acaso hoy el momento feliz en que, quitado ya el velo de las especies, han de verle cara a cara cuando Él se les mostrará como realmente es (cf. 1Jn 3,2).


* AAS 36 (1944) 297-300

[1] S. Ambros., Enarrat. in Ps. 38, n. 25: Migne PL t. 44, c. 1102.

[2] Const. Apost. de SS. Euchar. promiscuo ritu sumenda - Acta A. S., 1912, p. 615.

[3] Cfr. S. Ireneo, Contra haereses, lib. IV, cap. 18, n. 5: - Migne PG., t. 7, cc. 1027-1028.

[4] Luis de Ribera, Recopilación de poesías clásicas al Smo. Sacramento. Recuerdo del XXXII Cong. Euc. Int. de Buenos Aires, 1934, p. 20.


RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL CONGRESO MARIANO NACIONAL ARGENTINO
*

Domingo 12 de octubre de 1947

 

Venerables Hermanos y amados hijos,
congresistas marianos de Luján:

Era el día 15 de octubre del año 1934. Vibraban todavía en el aire los gritos de júbilo y los cantos entusiastas de las imponentes solemnidades de la víspera, latían fuerte aún los corazones acelerados por el fervor y agolpábanse en Nuestra retina las recientísimas imágenes de aquel trigésimo segundo Congreso Eucarístico Internacional, que el día antes habíamos clausurado, cuando, dejando atrás la encantadora metrópoli, escenario de tantas maravillas, Nos adentrábamos muy de mañanita hacia el interior del país, espaciando la mirada por las puertas de esa pampa vuestra que por lo majestuosa, lo solemne y dilatada puede evocar la grandeza imponente del mar.

¿A dónde íbamos? A cumplir con un amable deber. La magna, Asamblea había sido un triunfo sin precedentes y este éxito —que como todos los casos de tan compleja organización podía, depender de un detalle cualquiera de los que escapan al hombre— se le debía, después de Dios, a la Patrona oficial del Congreso, a la Pura y Limpia Concepción del Río Luján; ante su imagen se había orado sin interrupción para que la Patria —como alguien dijo— «cuya bandera tiene los colores de su manto, fuera digna de su tradición«; y Ella misma, dos fechas antes había tenido la condescendencia de presidir el «Día de la Patria », que Nos presenciamos, admirando de qué modo los dos grandes amores de toda alma noble —Dios y Patria— pueden fundirse armoniosamente en el único culto verdadero. ¡Íbamos a pagar a María Santísima su visita y a darle las gracias!

Y mientras ante Nuestros ojos se desarrollaba silenciosa la calma del paisaje, recordábamos primero todo lo que sobre vuestra Patrona nos refiere la piadosa tradición, y luego la historia de aquel Santuario cuyas dos torres, como dos gritos de triunfo que suben al cielo, Nos saludaban ya desde el horizonte. Fue Ella la que quiso quedarse allí, pero el alma nacional argentina había sabido comprender que allí tenía su centro natural.

Y al entrar en aquellas espaciosas naves, al ver las banderas que Belgrano ganó en Salta o la espada que San Martín blandió en el Perú, al leer los mármoles que recuerdan la solemne coronación de 1887 —la primera en América— o el reconocimiento de su Patrocinio sobre las tierras Del Plata de 1930, al subir a aquel camarín, tan rico como devoto, entonces, sólo entonces Nos pareció que habíamos llegado al fondo del alma grande del pueblo argentino. Porque el pueblo argentino, como todos los pueblos cristianos, sabe — y vuestro Congreso actual os lo ha repetido—, que el culto a la Madre de Dios, por Ella misma profetizado cuando anunció : «Beatam me dicent omnes generationes» (Lc 1, 48), es un elemento fundamental en la vida cristiana.

Efectivamente, ¿quién de los que por este mundo pasamos cargados con el peso de tantas debilidades y expuestos a tantos peligros, no tendrá necesidad de ayuda? Pues oíd al Doctor Eximio, que os dice : «Tenernos a la Virgen abogada universal para todo, porque es más poderosa en cualquier necesidad que los demás Santos en las particulares»[1].

Honrémosla, pues, reconociendo el brillo sin par de su hermosura, los primores de su bondad y lo irresistible de su poder; por la excelsitud de sus virtudes y por la dignidad incomparable de su misión, reverenciémosla proclamando su grandeza, manifestándole nuestro respeto y pidiéndole su intercesión; finalmente, imitémosla sin cejar en tan noble empeño, porque para citar las palabras de un grande Pontífice mariano, del inmortal León XIII, «Dios bueno y providente nos presentó en María el modelo más acabado de toda virtud... ; y nosotros, atraídos por la misma afinidad de la común naturaleza, nos esforzamos más confiadamente en imitarla» [2].

El pobre mundo, como si quisiera retroceder veinte siglos hasta las aberraciones de la decadente sociedad pagana, pone sobre sus altares los ídolos vanos de la lujuria, de la soberbia, de la codicia y, como consecuencia natural, del odio contra todo el que pueda disputarle su ración mezquina de placer, su miserable parcela de dominio, o una gota que pueda apagar aquella que no es sed de agua, sino de metal. Vosotros, en cambio, queréis en este momento renovar vuestro vasallaje a la que es símbolo de toda pureza —«Mater castissima»— encarnación de la, más completa humildad —«Ecce ancilla Domini»—, y personificación del más total desprendimiento; a Aquélla que, como nadie, es «Mater pulchrae dilectionis», ejemplar perfecto de caridad y amor.

Prometed a María que os dedicaréis con todas vuestras fuerzas a conservar y favorecer la dignidad y santidad del matrimonio cristiano; la instrucción religiosa de la juventud en las escuelas; y la aplicación de las enseñanzas de la Iglesia en la ordenación de las condiciones económicas y en la solución de la cuestión social: el ser fieles a la Iglesia en estos puntos fundamentales de la civilización cristiana será hoy una prueba palmaria del verdadero y genuino amor a María y a su Divino Hijo. Prometedle también, de acuerdo con el espíritu del Congreso, profundizar cada día más en su devoción, que si es la que debe ser, no podrá menos de conduciros a la aplicación integral de los principios y de las normas de vida cristiana, sin incurrir en el error de los que quieren visiblemente pavonearse dándoselas de cristianos y al mismo tiempo sostener aquellas doctrinas que con el Cristianismo son incompatibles.

¡Amadísimos congresistas del primer Congreso Mariano nacional argentino! Que el Dios de bondad y de misericordia acepte vuestros propósitos y que esta nueva serie de Asambleas Marianas, que ahora inauguráis, sea tan fecunda en frutos espirituales como la serie gemela de vuestras reuniones eucarísticas; que María Santísima según continuamente la rezáis, proteja «vuestra villa de Luján y vuestro pueblo argentino en sus diversas provincias, conceda igual protección a los hermanos del Uruguay y del Paraguay, mantenga a todos en la fe católica, a pesar de las maquinaciones de los incrédulos, os dé sacerdotes celosos de vuestra salvación, autoridades honradas y cristianas, e inspire a todos fe, abnegación y caridad»[3]; que la que habéis invocado: «¡Oh, Santa María! / ¡Oh nuncio de paz ! / de Dios eres Madre / al mundo salvad», obtenga finalmente para el mundo una paz próxima, estable y justa y que en este momento solemne, que tanto consuelo ha procurado a Nuestro atormentado corazón de Padre, las bendiciones mejores de lo alto desciendan sobre todos vosotros, sobre Nuestro dignísimo Cardenal Legado, sobre todos Nuestros celosos Hermanos en el Episcopado, con su clero y fieles y con todos los países que ellos representan, sobre las autoridades, que con su cooperación y presencia han querido contribuir al mayor esplendor de estas solemnidades y sobre todo el amadísimo pueblo argentino, tan presente siempre en Nuestro recuerdo y en Nuestro paternal afecto.


* AAS 39 (1947) 627-630.

[1] Suárez, In III, dise. XXIII, sect. III, n. 5, ed. Paris, tom. 19, 1569, p. 336 b.

[2] Enc. Magnae Dei Matris, 8 Sept. 1992, Leon. XIII Acta, ed. Rom. vol. XII, p. 232.

[3] Cfr. Oración a Ntra Sra. de Luján.

[5] Obras de Sta. Teresa de Jesús, Burgos 1917, tomo IV, Conceptos del amor de Dios, pp. 244-245.

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