Padre Néstor Sato: «Sacerdote Según Cristo»

 Homenaje al padre Néstor Sato, en sus Bodas de Diamante Sacerdotal





Si tuviese que definir en tres lugares el sacerdocio del padre Sato, quien este 24 de septiembre cumplió sus Bodas de Diamantes sacerdotales, creo que, sin duda, serían el confesionario, el ambón y el atrio.

Si hay un lugar donde recordamos al padre, es sentado en el confesionario, esperando. Perpetuo Socorro, Visitación, Fátima (Lomas del Mirador) y tantas otras. Siempre lo encontrábamos allí, siendo testigo y, por su sacerdocio, medio visible de la Misericordia de Dios que se da en el sacramento. Refiriéndose a esto, en virtud de la acción del padre Emilio Povse, monseñor Malfa dijo que «un sacerdote sentado en el confesionario es la invitación de Dios a acercarse a la conversión, al perdón y a la reconciliación».

El padre Sato es también esa invitación, ya que siempre ha estado dispuesto a brindar el sacramento del perdón y a dar esos consejos sencillos, pero que siempre nos acompañan durante la vida. En lo personal, recuerdo cuando me enseñó que la cabeza es como una maceta: si está vacía, se llena de basura; por eso hay que tenerla siempre cuidada y ocupada con cosas nobles y santas. Una enseñanza que explica mucho nuestro tiempo actual.

Pero el confesionario de las parroquias en las que colaboró siempre se extiende al lecho del enfermo, donde el padre no dudó en llegar cuando alguien lo necesitaba. No solo en los momentos culminantes, sino siempre que la familia o el mismo enfermo lo requería.

Recuerdo cuando papá estaba enfermo, pero no de gravedad, y debía operarse. Le pidió si podía venir a darle los sacramentos y allí estuvo. Cuando mamá quería comulgar, un Viernes Santo, mientras cursaba una internación en el marco de un año en el que tuvo cuatro operaciones, allí estuvo el padre, quien se hizo un tiempo entre parroquia y parroquia, en las cuales estaba ayudando con el sacramento de la Reconciliación.

Un domingo me dice: «¿Vas para tu casa?». Le digo que sí y me responde: «Te llevo, que tengo que ver a alguien en la otra cuadra de tu casa». Un vecino que también iba a la parroquia le había pedido si podía ir a ver a una señora que, por un error de la secretaría parroquial de La Salud o por un error del párroco de entonces, recibía siempre a un ministro de la Eucaristía cuando, en realidad, necesitaba confesarse. El padre la asistió y, unos días después, aquella piadosa mujer partió a la Casa del Padre, verdaderamente preparada. Su marido, que era conocido mío, estuvo siempre muy agradecido.

El ambón nos remite a esas homilías en las cuales aprendíamos. Las preparaba con ahínco durante la semana y nos explicaba con el magisterio de la Iglesia y de los Santos Padres, con la voz y la vivencia de los santos, en especial de los místicos san Juan de la Cruz, santa Teresa y, sobre todo, santa Teresita del Niño Jesús, no sin una luz sobre el acontecer social y eclesial.

Tomaba las tres lecturas y las explicaba con su tiempo y claridad. Una joven de aquel entonces me decía: «Con el padre Sato aprendo». Estas palabras lo definían todo. Eran homilías maduradas, rumiadas, una verdadera exégesis bíblica.

El tercer lugar es el atrio. Allí llegaba luego de sacarse las vestimentas sagradas en la sacristía y de hacer, al pie del altar, una breve acción de gracias de rodillas. Era un espacio de charla, de camaradería, donde brotaba el buen humor del padre, pero también era un espacio donde, hablando de las cosas cotidianas, se aprendía de las cosas de Dios.

Solo tres lugares, pero que hablan del padre Sato como el Buen Pastor, que siempre estaba presente para acompañar y brindar los sacramentos, la Palabra y el consejo para el camino de santidad.

Hoy es el padre más longevo de la Arquidiócesis —me imagino su sonrisa cuando se entere de esto—, quien, en su retiro, estará con la oración y la meditación, acompañando a tantos y rezando por tantos. Aunque no lo veamos, al remitirnos a su sacerdocio de misericordia y cercanía con las familias, los jóvenes y las almas en general, este sigue siendo un faro que proyecta la Luz de Cristo.

Hoy damos gracias a Dios por su sacerdocio entre nosotros, por todos los bienes y caminos de santidad que han acompañado su vida, y pedimos que, durante este tiempo, siga creciendo en el amor a Dios y así nos siga dando testimonio del camino a seguir.

Cerremos con aquellas primeras palabras que él dedicó al padre Menvielle y que, estoy seguro, le caben rigurosamente, porque el padre Néstor Sato es, sin duda, «Sacerdote según Cristo».

Supla la Gracia la deficiencia de la pluma.

Marcelo Grecco
Director


Nota: Dejamos los links para acceder a algunos escritos y audios del padre Sato

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