La Visita del Papa León XIV
La visita del Papa León XIV es un hecho trascendente que, desde El
Caballero de Nuestra Señora, intentaremos cubrir de la mejor manera. Estamos
haciendo los trámites para una posible acreditación, pero sabemos que no será
fácil, tanto por las exigencias de la organización como por las cuestiones
financieras que nos limitan y nos obligan a abocarnos a otras tareas durante
esos días. Volveré sobre esto al final de la nota.
Dediquemos, entonces, este espacio a analizar la relevancia de esta
visita. Viene el Vicario de Cristo, el sucesor de Pedro, que es signo de unidad
de la Iglesia.
Sin papolatría, pero con amor filial, ese amor que nos enseñó e
inspiró el padre Carlos Lojoya. Comprendemos que esta visita tiene un gran
valor y es, sin duda, un tiempo de gracia que no debiéramos desaprovechar. Dice
el padre Sato que, en tiempos tan turbulentos, las gracias se multiplican. La
visita del Sumo Pontífice es un hecho histórico, sí, pero fundamentalmente es
un hecho de gracia y de acción pastoral.
No son solo políticos y periodistas quienes intentarán llevar a su
bando el mensaje papal; también, en el ámbito eclesial, habrá quienes busquen
influir sobre la lectura de su mensaje, que debiéramos leer en contexto con el
Magisterio y valorando los lineamientos generales de este pontificado.
Nuestro episcopado, cooptado por el progresismo más rancio y
defensor de teologías ideologizadas, va a fortalecer la idea de la latinización
de la Iglesia y del mensaje. «Nos conoce», «es uno de los nuestros», decía uno
de ellos. Yo no estoy tan seguro de que sea uno de ellos, ni en su discurso ni
en sus formas.
La venida del Papa tiene que ser para nosotros un momento de
encuentro, no con Prevost, no con León, sino con Cristo, y debemos saber que
este pensamiento de la centralidad de Cristo está en la médula del mensaje del
Papa desde el día mismo de su elección. Miren, por ejemplo, la semana pasada,
en un mensaje que dio en la Asamblea Diocesana de la Diócesis de Roma, les
pidió que revisaran las acciones y las iniciativas y evaluaran si las mismas
permiten y acercan a Cristo o no.[1] El Papa pone como primer punto para
evaluar las opciones pastorales “encontrar a Cristo y ayudar a otros a
encontrarlo. La Iglesia no existe por sí misma, sino para guiar a cada persona
a un encuentro con el Señor; por lo tanto, no basta con preguntar si una
actividad está bien organizada, si tiene mucha asistencia o si lleva muchos
años realizándose; debemos preguntarnos si realmente conduce a Cristo, si pone
el Evangelio en contacto con la vida real de las personas.” Esto me hace
recordar a San Luis María de Montfort, cuando habla de que la
verdadera devoción debe conducir a Cristo. Cristo en el centro es una idea
medular en el pontificado de León XIV.
La unidad, no entendida como la uniformidad progresista, es también
un desafío que el Papa León se ha impuesto, en una Iglesia fragmentada por
todos lados. Desde cismas formales hasta otros que no se llegan a definir, pero
que están vivos en la Iglesia, como ocurre con el cisma alemán.
La paz es otro de los tópicos del mensaje papal y no es para menos,
ya que son atroces las guerras que se llevan a cabo hoy. Digámoslo sin miedo:
guerras que están lejos de ser justas y nobles, cada vez más sumidas en el
poder del dinero. Un gran amigo, que es testigo directo de la guerra, la
destrucción, la muerte y la desolación humana, me ha dicho, con una clara
definición, que la guerra es perversa siempre. Si consideramos que, en estos
tiempos, los príncipes santos, los caballeros nobles y los héroes católicos
brillan por su ausencia, es así. Por eso, el mensaje incansable por la paz del
Sumo Pontífice no solo tiene sentido, sino que nos tiene que encontrar rezando
incansablemente por ella.
El tercer tópico es el relativo a las cosas nuevas que afectan la
vida social y que incrementan de manera vergonzosa la concentración de la
riqueza en unos pocos y la pobreza y la indigencia en tantos y miles. Esta
injusticia que «clama al Cielo», como han reiterado los Papas, es objeto de
preocupación del Papa León, al igual que los adelantos tecnológicos sin moral y
fuera de sí, sin un control de aquellos estamentos sociales que deben cuidar
del bien común. Este también será un tema que, sin duda, vamos a encontrar en
el mensaje del Santo Padre y que corre el riesgo de ser mal interpretado. Lo
hemos de recibir en el contexto de la verdadera Doctrina Social de la Iglesia.
El episcopado ha logrado que el Papa visite dos lugares simbólicos
para su discurso progresista. Sin embargo, si se aceptó, es porque es tradición
que se incluyan en las visitas papales este tipo de visitas, donde están
personas con fragilidad social. Por ejemplo, el Papa Benedicto visitó en Brasil
la Fazenda da Esperança.[2]
En el Cotolengo Don Orione están los despreciados por la sociedad
moderna, porque la discapacidad no es productiva. Desprecio que une a quienes,
por un lado, hablan de defender la vida, pero ahorcan a quienes sirven al bien
de los discapacitados y a los discapacitados mismos, dejándolos sin atención.
Por otro lado, están quienes se llenan la boca denunciando estas injusticias,
pero aprueban la eliminación de la vida humana desde el seno materno y,
especialmente, si quien ha de nacer está enfermo.
Esta visita y la visita a la cárcel, que también irrita a algunos y
alegra a otros que solo lo ven desde la mirada ideológica, son, sin embargo,
muestras de las obras de misericordia y del cumplimiento del mandato evangélico
(Mt. 25, 35-46), que el Papa nos viene a enseñar con el ejemplo.
El Sr. Nuncio ha dicho con claridad que la visita es apostólica y
que viene como Pastor a confirmarnos en la fe. Esta debe ser la mirada de esta
visita.
Confiemos y recemos por los frutos para nosotros, para la Iglesia
que peregrina en la Argentina y para todos los argentinos.
Que María de Luján nos consiga, con su maternal intercesión, esta
gracia.
Marcelo Grecco
Director
Nota: si querés colaborar con esta obra y
ayudarnos a cubrir en Buenos Aires esta visita, podés hacerlo a través de
nuestra cuenta alias: “elcaballerons” (sin las comillas)
Gracias.
[1]
«En ocasiones, el número de iniciativas, actividades y reuniones se multiplica,
y perdemos de vista lo esencial, el significado evangélico de lo que hacemos.
(…) Y aquí, en el Evangelio, una sola palabra hace que María Magdalena se
vuelva: su nombre, “¡María!” (Jn 20,16). Así es como nos encontramos con
Jesucristo: al oírlo llamarnos por nuestro nombre, de las muchas maneras en que
esto puede suceder. Aquí es donde debe comenzar toda iniciativa pastoral: no
tanto preguntando “qué” hacer, sino más bien “a quién” y “cómo” encontrarnos.
En nuestras comunidades, podemos permanecer anónimos, invisibles e
incomprendidos, o podemos ser vistos, conocidos y llamados por nuestro nombre.
Y aquellos que verdaderamente se encuentran con Cristo, como María Magdalena,
sienten sus corazones llenos, y por eso no pueden quedarse quietos; corren y
salen a proclamar la Buena Nueva. “¡He visto al Señor!” (v. 18), les dice la
mujer a los discípulos. No un recuerdo, no un asunto privado, sino una alegría
profunda que da origen a la comunidad.»
[2]
El texto original incluía como referencia:
https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2007/may/documents/hf_ben-xvi_spe_20070512_fazenda-brazil.html


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