Personas y Acciones que interpelan
Dos hombres distintos, dos
historias distintas y dos finales distintos, son objeto de este pretendido
articulo o meditación en este Viernes Santo, en el que se nos presentan para la
contemplación los misterios de la Redención.
Dos historias y dos acciones que interpelan y nos muestran la fragilidad
humana y la gracia de Dios.
Por un lado, uno que estuvo
siempre cerca del Señor y que fue tentado por unas treinta monedas y frente a
ello no dudó en entregarlo, incluso con gesto de cariño, como es un beso. Nos
cuenta Mateo que, enterado de alguna manera, de que los Sumos Sacerdotes
buscaban como “prender, con engaño y darle muerte” a Jesús (MT. 26, 4), fue en
su búsqueda: “Entonces uno de los Doce, el llamado Judas Iscariote,
fue a los sumos sacerdotes, y dijo: “¿Qué me dais, y
yo os lo entregaré?” Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y
desde ese momento buscaba una ocasión para entregarlo.” Llegada la hora, le
entregó con un beso.
Por otro lado, ya en el Calvario,
un hombre delincuente, alejado de toda buena obra durante su vida, al ver como
el otro compañero de pena, azotaba con insultos a Jesús, tuvo la gracia de
reconocerle como el verdadero Salvador y sabiendo que aquella pena extrema, era
justa para ellos pero no para aquel Hombre a quien insultaba la turba, movida
por los agitadores de siempre, y por acción de la gracia, que dejo ingresar al
corazón, descubrió en El, al verdadero Rey y aquel madero que el mundo veía
como fracaso y para Cristo era el gran triunfo contra el pecado. Aquel hombre,
Dimas, al descubrir -insisto, por la gracia - quien era, no dudó en arrojarse a
la misericordia, aunque solo pidió migajas de ellas. Lucas nos relata aquel
inmenso momento de misericordia: «Uno de los malhechores suspendidos,
blasfemaba de Él, diciendo: “¿No eres acaso Tú el Cristo? Sálvate a Ti mismo, y
a nosotros”. Contestando el otro lo reprendía y
decía: “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en pleno suplicio? Y
nosotros, con justicia; porque recibimos lo merecido por lo que hemos hecho;
pero Éste no hizo nada malo”. Y dijo: “Jesús,
acuérdate de mí, cuando vengas en tu reino”. Le
respondió: “En verdad, te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso”.» (LC. 23,
39-43[1])
Dos personajes y acciones que nos
interpelan, el uno junto al Señor siempre, quizás no por convicción, sino por
conveniencia, se dice que el llevaba la “bolsa”, quizás a él les caben las
palabras que alguna vez oí de Monseñor Jorge Meinvielle, cuando decía que
algunos no viven para la Iglesia, sino que “viven de la Iglesia”. El estar
cerca no nos garantiza, sino hay convicción de alma, sino estamos convencidos
que Cristo es el Señor, pero aún así la fragilidad del alma y la concupiscencia
que nos ha dejado el pecado original, no nos asegura la fidelidad final, la
cual es una gracia que debemos pedir cada día. Esas treinta monedas están
siempre cerca y ronda por ahí el mismo que hoy ha sido vencido en la Cruz, por
el Redentor.
Con judas tenemos a alguien que
además de caer, sufrió el pecado de la desesperanza, lo que no paso con Pedro,
que sí estaba al lado del Señor, porque le había sido rebelado quien era el
Señor, pero en aquella noche la fragilidad le hizo caer y negarlo tres veces y
al cantar el gallo, lloro amargamente su falta y volvió al camino. Judas en
cambio no, quedo y agravo el pecado, con la desesperanza.
Tres momentos de la Pasión que
nos interpelan, tres hombres que quizás pueden representarnos, el mercenario
que está y no está, que simula amar pero que busca su propia ventaja y que entrega
al Señor y su supuesta fe al mejor postor, pienso en aquellos que cambian de
religión según su conveniencia. Pero también este mercenario representa a un
mundo que luego de haber vendido por treinta monedas a Cristo, como son esas
tres falsedades de la Revolución Francesa, vive en una desesperanza que le sume
en guerras sin sentido, en odios y en el ámbito personal en un camino hacia la
droga y el alcohol. En estos días los medios han tratado como jóvenes profesionales
están en las adicciones más terribles, adicciones que llevan al delito y a la
muerte. No es una horca, pero es la misma desesperanza de Judas que sume a la
muerte.
El frágil discípulo, en Pedro nos
vemos representados la mayoría, creemos, pero cuando el mundo o la sociedad
moderna nos interpela no sabemos defenderlo, le negamos lisa y llanamente y
frente a la claridad de sus palabras, ponemos la difusa palabra del aggiornamento
y le exigimos a la Iglesia que niegue la enseñanza clara de Cristo. Pero cada
pecado es también una negación de Dios, es una afrenta al Señor. A veces canta
el gallo y lloramos nuestros pecados, arrojándonos a la misericordia de Dios.
El condenado que pide
misericordia, en mi vida muchos piensan que quienes tenemos un camino de vida
religiosa estamos ya apuntados en el Cielo y muchas veces nosotros también lo
sentimos, sin embargo, por lo que vimos antes en Judas y en Pedro, somos
conscientes algunos que no es así y vuelven una vez las parábola de las vírgenes
prudentes, donde Jesús enseña la necesidad de Velar y estar preparados, por eso
junto a San José yo le rezo a San Dimas, a uno para que me de la gracia de una
buena muerte unido a Jesús y a María, como el se durmió en este mundo y al otro
para que interceda en ese último momento ante el Señor, para que me de la
gracia de confesarlo, como él supo hacerlo y poder, con la “esperanza que no
defrauda”, pedirle a Cristo las migajas de su misericordia.
Nunca dejemos de pedir que, en
aquella hora final, el Señor se acuerde de nosotros en su Reino y que cuando la
balanza se incline por las “voces contra mí clamen venganza y las llamas
preparen el suplicio”[2],
la Purísima tenga a bien poner su mano en ella en mi favor.
Supla la Gracia, la deficiencia
de la pluma
Marcelo Grecco
3-4-26
[1]Dejamos
el comentario de Straubinger a algunos de los versículos. “Milagro de la
gracia, que aprovecha este “obrero de la última hora” (Mt. 20, 8 y 15) pasando
directamente de la cruz al Paraíso. Lo que valoriza inmensamente la fe del buen
ladrón es que su confesión se produce en el momento en que Jesús aparece
vencido y deshonrado.
A esto observa
Fillion: “El buen ladrón creía en la inmortalidad del alma y en la
resurrección, y reconocía a Jesús como el Mesías-Rey. Por eso le pedía
encarecidamente un lugar en su Reino”. Y añade: “El Paraíso representa aquí la
parte de la morada de los muertos (los limbos) donde habitaban las almas de los
elegidos, antes de la Ascensión de Jesucristo”. Cf. 1 Pe. 3, 19; 4, 6; Col. 1,
20.
[2] Padre
Néstor Sato. Versión libre del “Sabat Mater” – secuencia latina de Jacopone de
Todi
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